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¿QUÉ HACEMOS CON ESTOS NIÑOS!!!

Es compleja la adolescencia, sin embargo, a pesar de parecer excluida esta etapa del desarrollo en educación primaria, no deja de ser más que el estereotipo, cronológicamente hablando, de adolescente. Tendemos a asociar esta temible época a los 14 ó 15 años, pero parece haberse adelantado y, ya con 10-11 años, mostrar sus primeros rasgos.

He leído los casos de adolescentes y en su mayoría pertenecen a familias con un ambiente normal, salvo algún caso de progenitores separados que no tendría por qué derivar en problemas de conducta; y sin demasiadas carencias económicas. La característica que en común todos tienen es querer ser mayores antes de tiempo y, principalmente, en el caso de las niñas. Es cierto que reproducen los ejemplos que la televisión muestra de adolescente, pero los papeles los interpretan actrices mayores en edad a la de sus personajes. Sin embargo, exponemos al niño a esos programas sin un análisis de las situaciones, sin una lectura objetiva. A pesar de que no están provistos de una identidad de sí mismos definitiva porque está en proceso, les dejamos que sean analistas pasivos. Así no es de extrañar que físicamente nos llame la atención el cambio del adolescente actual respecto al de anteriores épocas.

Pero la culpa no es de la televisión, la cual no deja de tener una función para el entretenimiento. Las responsables son las circunstancias actuales dentro del núcleo familiar. Estoy de acuerdo con que los padres de hoy fueron objeto de una exigencia y una imposición de normas,  y que para sus hijos quieren más libertad de la que ellos tuvieron, pero ¿a qué precio? Los padres hacen una mala interpretación de lo que es el cariño y lo que son las necesidades reales de sus hijos. Piensan que lo acertado es regalar un móvil de última generación con la excusa de tenerles controlados o localizados. Un móvil jamás sustituirá las normas que unos padres establecen, porque son necesarias a pesar de las connotaciones negativas que tiene su significado.

La mejor herramienta es el diálogo y la confianza, y dotar a los hijos de responsabilidades realistas conformes a su edad así como proporcionar conocimientos y habilidades sociales para saber desenvolverse en su entorno y que conlleve la creación de una red de valores y principios humanos. Esto en la teoría parece muy sencillo pero el adolescente, ¿es capaz de interpretar los mensajes de sus padres, un punto de vista diferente al suyo y una percepción de esta etapa desfasada respecto a cuando ellos la vivieron como hijos?

También he de decir que en muchas ocasiones imponemos nuestro criterio basándonos en nuestras experiencias pasadas desvinculándonos de lo que ahora el adolescente está experimentando. Es decir,  estamos ante una realidad paralela pues de la misma forma que ellos tienen un pensamiento abstracto, una capacidad de empatía pero una falta de co-categorización que permita ajustar el “es” con el “podría ser” (Kegan); los adultos hacen el mismo análisis ante determinados ámbitos. Un ejemplo sería aquella situación en la que el adulto se “encabezona” con la prioridad de una acción cuando su orden no altera el producto y no existen consecuencias negativas para nadie. Actuar de esta forma supone un retroceso en el tiempo y ponerse al mismo nivel del niño sin servir como referente de persona adulta, racional y reflexiva. Es mostrar autoridad cuando tal vez la situación no la requiera, y con  la función de voz en off que recuerda al padre que es padre y no amigo. Por la experiencia que tengo como maestra, familiar, vecina… suele darse este comportamiento en padres que parten de una igualdad de roles entre padres e hijos. Si la autoridad se impone a golpe de martillo, el niño impone su punto de vista de la misma manera.

¿Y qué sucede con un cachete a su debido momento? Reconozco que esta frase la he usado con frecuencia para mostrar que no pasa nada. Que aquí estoy, y que no tengo ningún trauma severo por ello cuando ahora analizo algunas de las travesuras con las que dejé a mis padres decepcionados. Pero debe sustituirse por el diálogo, que bien practicado, resulta mucho más complejo. Aún así, hay un temor a usar un azote públicamente. Todos hemos visto a niños “montando un número” en el supermercado cuando quieren un capricho y los padres, por evitar conflictos o el finalizar tajantemente la incapacidad de razonamiento del niño y ser juzgados por los testigos de la pataleta, sucumben a sus deseos y peticiones. ¿No se tienen que producir experiencias de permanencia de un deseo frente al impulso inmediato? Este puede ser otro error que cometen los padres con sus hijos.

Otras veces se sustituye el diálogo por frases como “cuando seas mayor lo entenderás” o “cuando seas padre comerás huevos”. Dada la importancia de Vygotsky y su aportación a la enseñanza al argumentar que el niño puede aprender bajo la orientación de un adulto; ¿dónde estaría en este contexto la zona de desarrollo próximo? Los padres no tienen por qué saber psicología y por otra parte, habrá que verme a mí en el futuro; pero analizándolo fríamente, es una falta de empatía totalmente de un adulto respecto a un menor, teniendo en cuenta la carencia de visión del niño sobre las consecuencias de un hecho, o la preocupación que supone para un adulto consentir a su petición.

Nuevamente apelo al desarrollo del pensamiento y la capacidad de razonamiento del niño en oposición, en esta ocasión, a las recompensas. Frente  al “aprende a superarte día a día y por el placer de saber más” se utiliza el premio para sacar buenas notas. Me reafirmo al decir que los padres no tienen que saber psicología para educar a un hijo, pero bien que desde el sentido común emplean la teoría de Skinner. De hecho la aplican mal, lógico por otra parte,  porque ofrecen el premio antes que la acción de estudiar. Es un trato o una especie de chantaje, pues es lo mismo que decir “si no estudias mira lo que te pierdes”. Y la habituación con refuerzos así tiene el efecto contrario al que se pretende a merced de los intereses del adolescente. No me opongo a premiar una conducta positiva, pero hay que saber dosificarla y usarla sin que parezca un intercambio.

Otro aspecto es el de la confianza. Esta debe ser bidireccional pero no se trabaja partiendo de que en el periodo de adaptación de un niño en educación infantil se escucha a madres prometer a sus hijos que “hoy es el último día” o “enseguida vengo a por ti”. Luego no es de extrañar que haya niñas, principalmente, que cambian su vestuario y adornan su cara de excesivo maquillaje tras salir por la puerta.

Finalmente, el diálogo y la responsabilidad han de trabajarse de forma colaborativa en el colegio y en casa. Hemos visto con Leonor proyectos de innovación en escuelas donde el trabajo colaborativo, la toma de decisiones consensuada y aprender desde diferentes funciones o roles, favorecen la calidad de la enseñanza y del aprendizaje, pues el niño es dueño de su propio desarrollo en la vida. Sólo así aseguraremos la progresiva complejidad de la conciencia y que no se produzca un desequilibrio cuerpo (de adulto/a) y mente (que no desarrolla su identidad).

Las familias hablan de la nueva generación como si no tuvieran nada que ver con ella, en este sentido habría que recordar que la virtud de los padres es su gran dote.

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1 comentario

Alejandro -

Hola

Buenas descripciones de la vida cotidiana. Ahora entenderás eso de la exigencia de un cuarto orden de conciencia (al menos) y el problema que hay cuando se funciona desde un tercer orden de conciencia. Los padres no necesitan saber psicología, pero sí desarrollarse. Y no sé si esta sociedad desarrolla...

Bien...

Alejandro
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